Madre Cocani

Esta cocani trabaja duro. Todos los días está en el camino. Dos veces por semana se traslada desde los Yungas paceños, hasta la frontera en Yacuiba en el extremo sur. Sale de mañanita el martes, llega a La Paz y toma la flota de las 5 pm, junto con sus ocho taques (cargas) de coca. El camino, largo y tedioso, pasa por helados senderos y llega a Tarija al medio día del miércoles, para subir inmediatamente al próximo bus, que llegará a Yacuiba a las 8 de la noche, directamente al mercado de la coca, donde la esperan ansiosos sus compradores.

Vende sus ocho taques ganando Bs. 500 por taque. Es decir, cada viaje le significa una ganancia de Bs. 4000.  Sufrido dinero. El jueves en la mañana vuelve a salir de la terminal en Yacuiba, llevándose el dinero. Llega a las 4 a Tarija para tomar el bus a La Paz, y llegar el viernes al medio día. Para la noche del viernes, ya ha vuelto a Los Yungas. Vuelve a salir el sábado hacia Yacuiba, llegando el domingo en la noche para vender otra vez su coquita, su hoja sagrada, ganando otros Bs. 4.000. El lunes en la noche vuelve a estar un ratito en casa, y vuelve a la ruta. Tiene plata. Gana como Bs. 32.000 al mes. Más que el presidente, casi el doble.

Su vida, su día a día, está en peligro constante. Sus riñones están molidos, su marido está trabajando en Los Yungas en el cato de coca de su hermano, de sol a sol para que ella pueda vender la coca en Yacuiba. Ella tiene plata para comprar los ocho taques, y no tiene que contratar burros. Eso es bueno para ella. Un burro, es aquel que no tiene plata para comprar el taque, pero que tiene el permiso para transportar la coca desde Los Yungas hasta la frontera. El burro “alquila” su permiso y gana la mitad, es decir, nuestra cocani ganaría solo Bs. 2000 si utilizara un burro.

Corre el año 2008, la cocani de la que les cuento se llama Margarita (nombre ficticio), tiene tres hijos y el mayor tiene 15 años. Su hija de 14 y su pequeño de 9, se turnan para acompañarla. Está entrenando a la niña para que viaje solita cuando tenga 15. El hijo mayor se queda porque tiene que estudiar, lo mismo que el menorcito. Son hombres. La niña, no es tan importante que estudie. Esta era su realidad hace diez años, y hace tres también.

Margarita y su marido han hecho varias casas en estos últimos diez años. Una en Los Yungas, otra en Yacuiba, otra en El Alto, y tienen dos minibuses que hacen la ruta entre Los Yungas y La Paz. Además, tienen ahorritos, “para que las wawas vayan a la universidad”,  en esto las wawas son los hijos varones, porque Soledad, la niña, está destinada a seguir viajando.

Sus pesados días, sus interminables noches en el camino, valen la pena para ella. No hay ningún trabajo que la familia pudiera hacer que le brindara semejante rédito. Tal vez ser contrabandista, pero para eso hay que nacer, ser parte de otra comunidad.

Así las cosas, estaba Margarita estaba en viaje el año 2009 cuando sucedió el accidente. Margarita murió un día frío de invierno. A su marido le avisaron y llorando la recogió. Soledad estaba con ella y le ayudaron los demás cocanis que sobrevivieron. Hoy, 2011, Margarita estaría muy orgullosa de ella porque viaja solita a Yacuiba. Tiene su propio puesto de venta de coca. Su padre, Manuel, es quien ahora viaja para llevarle la coquita.

Cuando me encontré con él en la flota, Manuel estaba preocupado porque su hijo mayor, ahora de 18 años, se había escapado con su novia llevándose Bs. 2200. “Mi hijo se ha perdido”, me contaba preocupado.  “Los he criado como plantitas a mis hijos, y ahora se ha perdido el mayor. Es que su madre ya no está. Cómo le voy a confiar ahora, si se ha llevado plata sin decirme nada. Más bien le ha avisado a su tía en Los Yungas. Sólo ella sabía que le iba a ir a visitar. Ahora, cuando vuelva a Los Yungas, voy a ir donde su tía para ver si ha llegado”.

La vida continúa. El día a día es un constante viaje. Constante también es el peligro de vida, así como el futuro para sus hijos es de constante viaje también. Eso si es que no estudian, que no se sabe todavía si lo harán. Cómo le irá ahora a su hijo mayor, que está a punto de iniciar una familia al estilo aymara, pues parece que se ha robado a su novia. Margarita es un recuerdo, y un ejemplo para Soledad, que a los 16, es toda una mujer cocani.

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María

Amigas de Pie
Pies de Amigas

Entre hombres es bueno. Entre hombres y mujeres no tan bueno. Pero entre mujeres en Bolivia, es definitivamente malo. No es el amor libre, no sean mal pensados. Es el trato. Esa familiaridad se parece, entre hombres, a una hermandad en la que reina la lealtad a todo precio. Entre mujeres, es más como un partido de rugby, donde las mujeres juegan en equipos y van unas contra otras hasta sin querer. Entre hombres y mujeres es una mezcla, aunque los hombres cambian la lealtad varonil en cuanto se enamoran de una dama, y la mujer cambia su equipo de rugby femenino para crear un nuevo y singular equipo: su familia.

María (nombre ficticio) es mi vecina. Ella compraba junto a mí en la carnicería, y me estremecí cuando pidió dos pesos de carne. Ella dijo que antes le alcanzaba para un kilo por semana, pero ya no, ahora compra dos pequeños pedazos para sopa. Es que antes costaba 12 bolivianos el kilo y ahora cuesta 32 el más barato. Luego pidió dos pesos de arroz. Antes eso era medio kilo y ahora es apenas son unos gramos. Este cambio en su vida está minando su nutrición. Está más flaca.

Su trato con sus niños, su propio equipo, es el que primero se ha deteriorado. Les pega y los maltrata cuando no hacen caso. Luego ha desmejorado su trato con otras mujeres, las amigas, las vecinas. Hoy es más gritona, más violenta. Va al mercado y pelea con todas las vendedoras pues las considera abusivas porque “todo hacen subir”. La relación que menos sufre es la que tiene con los hombres. Ellos son los que menos gritos reciben.

¿Cómo se siembra paz en medio de la miseria y la hambruna? ¿Cómo se evita la violencia familiar cuando es estrés de la pobreza cría niños y niñas escuálidos? ¿Cómo se piensa con claridad cuando hay hambre a diario? Esta situación es real, no es un número. María no es un número. Sus hijos tampoco. Los bonos no han subido. Los sueldos tampoco.

He llegado a la conclusión de que la situación de María no es visible para los hombres y ella no se queja ante ellos. Debe ser porque no la escuchan, o quizá porque ella espera que un hombre siempre la va a ayudar más que otra mujer. Pero no es cierto. Los hombres de mi querida Bolivia han hecho las leyes desde siempre sin ver a María ni a sus niños. Ella es invisible para ellos.

La convivencia se hace llevadera para María, sin embargo, cuando su madre le ayuda. O su tía, o su hermana, mujeres que la comprenden y no la ven como una potencial miembro del equipo de rugby. Las Marías de mi patria no podrían sobrevivir si no tuvieran la ayuda de sus madres, tías y hermanas. Gracias a esta ayuda genuina y sincera, sus niños comerán, pero María se ve obligada a mantenerse desnutrida y sufrir el hambre cada día.

La pobreza señores, es violencia. Peor aún, la violencia es pobreza. Mientras los hombres pelean entre ellos en la asamblea plurinacional y en las departamentales, las Marías de mi patria tienen que correr con sus hijitos al hombro, con hambre, sin soluciones, porque por ahora se les pide un sacrificio de hambre hasta que el gobierno mejore.

No es justo. Ejercer pobreza contra las mujeres es ejercer violencia. Ninguna convivencia es buena dentro de la pobreza, pero es insoportable dentro de la miseria. A María no le importa si está la izquierda o la derecha en el poder, pero los hombres la obligan a callar su miseria y apoyar al gobierno.

¿Qué esperanza tiene María? Una sola: encontrar su propia voz. Las voces de mis amadas Marías deben ser escuchadas, una por una. Por ellas estoy blogueando. La convivencia en paz, pasa por hacer que los hombres vean a mis Marías. Acabar con su miseria, convertirá a nuestra Bolivia, en un lugar de convivencia pacífica, sin importar ideologías. Ni izquierdas, ni derechas.

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